domingo, 26 de noviembre de 2017

Lo que dice Dios para ti este lunes 27 de noviembre de 2017

Evangelio según San Lucas 21,1-4.

Levantando los ojos, Jesús vio a unos ricos que ponían sus ofrendas en el tesoro del Templo.
Vio también a una viuda de condición muy humilde, que ponía dos pequeñas monedas de cobre,
y dijo: "Les aseguro que esta pobre viuda ha dado más que nadie.
Porque todos los demás dieron como ofrenda algo de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que tenía para vivir."

Libro de Daniel 1,1-6.8-20. 

El tercer año del reinado de Joaquím, rey de Judá, llegó a Jerusalén Nabucodonosor, rey de Babilonia, y la sitió.
El Señor entregó en sus manos a Joaquím, rey de Judá, y una parte de los objetos de la Casa de Dios. Nabucodonosor los llevó al país de Senaar, y depositó los objetos en el tesoro de su dios.
El rey ordenó a Aspenaz, jefe de sus eunucos, que seleccionara entre los israelitas de estirpe real o de familia noble,
a algunos jóvenes sin ningún defecto físico, de buena presencia, versados en toda clase de sabiduría, dotados de conocimiento, inteligentes y aptos para servir en el palacio del rey, a fin de que se los instruyera en la literatura y en la lengua de los caldeos.
El rey les asignó para cada día una porción de sus propios manjares y del vino que él bebía. Ellos debían ser educados durante tres años, y al cabo de esos años se pondrían al servicio del rey.
Entre ellos se encontraban Daniel, Ananías, Misael y Azarias, que eran judíos.
Daniel estaba decidido a no contaminarse con los manjares del rey y con el vino que él bebía, y rogó al jefe de los eunucos que no lo obligara a contaminarse.
Dios hizo que él se ganara el afecto y la simpatía del jefe de los eunucos.
Pero este dijo a Daniel: "Yo temo a mi señor el rey, que les ha asignado la comida y la bebida; si él llega a ver el rostro de ustedes más demacrado que el de los jóvenes de su misma edad, ustedes harían peligrar mi cabeza delante del rey".
Daniel dijo al guardia a quien el jefe de los eunucos había confiado el cuidado de Daniel, Ananías, Misael y Azarías:
"Por favor, pon a prueba a tus servidores durante diez días; que nos den legumbres para comer y agua para beber;
compara luego nuestros rostros con el de los jóvenes que comen los manjares del rey, y actúa con tus servidores conforme a lo que veas".
El aceptó la propuesta, y los puso a prueba durante diez días.
Al cabo de esos días, se vio que ellos tenían mejor semblante y estaban más rozagantes que todos los jóvenes que comían los manjares del rey.
Desde entonces, el guardia les retiró los manjares y el vino que debían tomar, y les dio legumbres.
Dios concedió a estos cuatro jóvenes ciencia e inteligencia en todo lo referente a la literatura y la sabiduría, y Daniel podía entender visiones y sueños de toda índole.
Al cabo de los días que el rey había fijado para que le fueran presentados los jóvenes, el jefe de los eunucos los llevó ante Nabucodonosor.
El rey conversó con ellos, y entre todos no se encontró ningún otro como Daniel, Ananías, Misael y Azarías. Ellos permanecieron al servicio del rey,
y en todo lo que el rey les preguntó sobre cuestiones de sabiduría y discernimiento, los encontró diez veces superiores a todos los magos y adivinos que había en todo su reino.

Libro de Daniel 3,52.53.54.55.56.

Bendito seas, Señor, Dios de nuestros padres,
alabado y exaltado eternamente.
Bendito sea tu santo y glorioso Nombre,
alabado y exaltado eternamente.

Bendito seas en el Templo de tu santa gloria,
aclamado y glorificado eternamente por encima de todo.
Bendito seas en el trono de tu reino.
aclamado por encima de todo y exaltado eternamente.

Bendito seas Tú, que sondeas los abismos
y te sientas sobre los querubines,
alabado y exaltado eternamente por encima de todo.
Bendito seas en el firmamento del cielo,
aclamado y glorificado eternamente.


martes, 14 de noviembre de 2017

¿Cómo rezar el rosario? Guía visual, paso por paso

Si bien el origen del rosario se remonta casi hasta el año 800, con el paso del tiempo ha ido cambiando hasta llegar a la manera en cómo la rezamos hoy en día. Este nos invita a hacer una hermosa meditación sobre la vida de Jesús y de Santa María. Solos o acompañados podemos ofrecer nuestra oración por muchas intenciones pidiendo la intercesión de Nuestra Madre.

El rosario en su forma actual fue entregado por la misma Virgen María a Santo Domingo de Guzmán en el año 1214. Se lo entregó para dar batalla a los herejes y pecadores de aquellos tiempos y además le encomendó que enseñara a rezarlo y a propagar su devoción. Un mandato que sigue vigente y nos compete a todos los católicos. Desde aquellas épocas los cristianos lo rezamos acompañado de la meditación de 15 misterios sobre la vida de Nuestro Señor Jesús y de Santa María. Y, en el año 2002 el Papa Juan Pablo II introdujo 5 misterios adicionales: los Misterios Luminosos. Hoy son 20 misterios los que meditamos.

Sin más introducción, aquí te contamos cómo rezar el rosario. Si eres principiante puedes empezar por rezar un misterio al día hasta que logres completarlo todo. Nunca es tarde para empezar.




1. Para comenzar…




Toma el rosario en tus manos y empieza con la señal de la Cruz. Al mismo tiempo que hacemos una cruz en la frente, luego en la boca y finalmente en el pecho repite la siguiente oración:

«Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén».

2. Luego usarás la Cruz que está en la punta de tu rosario










Rezarás el credo de los Apóstoles, tomando la Cruz, y opcionalmente puedes hacer un acto de contrición (te recomendamos hacerlo).

Credo de los Apóstoles

«Creo en Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra. Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos. Creo en el Espíritu Santo, la santa iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén».

Acto de contrición

«Señor mío Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío; por ser vos quien sois, bondad infinita, y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberos ofendido; también me pesa porque podéis castigarme con las penas del infierno. Ayudado de vuestra divina gracia, propongo firmemente nunca más pecar, confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta. Amén».

3. Las cuentas








Toma la primera cuenta del rosario y empieza con un Padre Nuestro. Le seguirán tres cuentas que simbolizan tres Ave María. Tradicionalmente son ofrecidas para incrementar la fe, la esperanza y la caridad de quienes rezan el rosario y por las intenciones del Santo Padre. Se termina este primer grupo del rosario con el Gloria.

Padre Nuestro

«Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad, en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Amén».

Ave María

«Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén».

Gloria

«Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén».

4. Los misterios del rosario






Anunciaremos con reverencia cada misterio del rosario. Los misterios se rezan por días tradicionalmente. Se empieza anunciando el misterio correspondiente seguido de una meditación. No es un simple repetir, es un verdadero recorrido por los principales hechos de la Vida de Jesúscristo y de Santa María, al mismo tiempo que ofrecemos, agradecemos y pedimos la intercesión de la Madre por nuestras intenciones.

Luego de haber anunciado el misterio rezamos un Padrenuestro seguido de 10 Ave Marías y terminamos con el Gloria. Luego del Gloria entre misterio y misterio se reza una Jaculatoria conocida como la Oración de Fátima:

«Oh Jesús, perdónanos nuestros pecados, sálvanos del fuego del infierno y guía todas las almas al Cielo, especialmente aquellas que necesitan más de tu misericordia».


Misterios gozosos (lunes y sábado)
  1. La Encarnación del Hijo de Dios.
  2. La Visitación de Nuestra Señora a Santa Isabel.
  3. El Nacimiento del Hijo de Dios.
  4. La Presentación en el templo y la purificación de la Virgen Santísima.
  5. La Pérdida del Niño Jesús y su hallazgo en el templo.
Misterios dolorosos  (martes y viernes)
  1. La Oración de Nuestro Señor en el Huerto.
  2. La Flagelación del Señor.
  3. La Coronación de espinas.
  4. El Camino del Monte Calvario.
  5. La Crucifixión y Muerte de Nuestro Señor.
Misterios gloriosos (miércoles y domingo)
  1. La Resurrección del Señor.
  2. La Ascensión del Señor.
  3. La Venida del Espíritu Santo sobre María y los apóstoles.
  4. La Asunción de Nuestra Señora a los Cielos.
  5. La Coronación de la Santísima Virgen.
Misterios luminosos (jueves)
  1. El Bautismo de Jesús en el Jordán.
  2. La Autorrevelación de Jesús en las bodas de Caná.
  3. El anuncio del Reino de Dios invitando a la conversión.
  4. La Transfiguración.
  5. La institución de la Eucaristía.

Terminamos el rosario luego de haber rezado los 5 misterios correspondientes al día (o después de haber rezado un misterio cuando usas un denario). Como oración final justo sosteniendo la medalla que se encuentra al centro del rosario dirás la oración de la Salve como signo de alabanza y reconocimiento a Nuestra Madre.

«Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra; Dios te salve. A Ti llamamos los desterrados hijos de Eva; a Ti suspiramos, gimiendo y llorando, en este valle de lágrimas. Ea, pues, Señora, abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos; y después de este destierro muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. ¡Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce siempre Virgen María! Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo. Amén».

5. ¿Dónde rezar?




Lo sugerido es que puedas rezarlo en un lugar tranquilo donde no tendrás interrupciones. Lo lindo del rosario es que podrías rezarlo prácticamente en cualquier sitio. Caminando solo, sentado en una banca mirando la naturaleza, en la soledad de tu habitación, con amigos en grupo, en tu parroquia, y mi favorito: frente al Santísimo.

6. Hay varias formas de rosario



¿Sabías que no sólo existe una sola forma de rosario? Existen varias. El original rosario católico, el que la Virgen le entregó a Santo Domingo tiene 50 cuentas. Pero también existen los denarios que representan una decena del rosario y por su tamaño los puedes llevar fácilmente contigo.






«Sabéis que es necesario rezar y debéis hacerlo meditando y recordando lo que Jesús ha hecho y sufrido por nosotros: los misterios de su infancia, de su pasión y su muerte, y de su resurrección gloriosa. Recitando vuestro misterio o decena, seguís la inspiración del Espíritu Santo que, instruyéndolos interiormente os lleva a imitar más de cerca a Jesús, haciéndonos rezar con María, y sobre todo, como María» (San Juan Pablo II).

Si esta publicación te ha parecido interesante, recuerda que nos encantaría escuchar tu opinión. Tal vez tú has rezado el rosario de una manera distinta y te gustaría comentarla con nosotros… ¿qué dices? Anímate.

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Fuente: catholic-link

Una oración para cada día de la semana

Según explica el Catecismo de la Iglesia Católica: “El año litúrgico es el desarrollo de los diversos aspectos del único misterio pascual” (CIC 1171). Aunque esto hace referencia principalmente al ciclo anual de las estaciones, desde Adviento hasta la Pascua, la Iglesia también ha venido considerando tradicionalmente cada semana como un desarrollo del misterio de Cristo.

Con el tiempo se desarrolló una tradición que asignaba a cada día de la semana un tema espiritual diferente. Esto se reveló con más claridad en las regulaciones relativas a la celebración de las Misas Votivas.

Cuando un sacerdote dice misa a lo largo de la semana, tiene varias opciones para las oraciones que puede usar. Lo más frecuente es que sean reflejos de la festividad de un santo particular, pero ciertos días el sacerdote puede celebrar una Misa Votiva que destaque un aspecto particular de la fe. Durante siglos esto se restringió a ciertas misas en conexión con el tema espiritual del día.

Estos temas se repetían cada semana y permitían al sacerdote (y a los fieles) tener un enfoque principal sobre sus días de trabajo. La mayoría de estos temas están conectados con varios acontecimientos históricos sucedidos en un día específico de la semana (por ejemplo, Sagrada Eucaristía los jueves, porque la Última Cena sucedió en un jueves).

A continuación encontrarás una oración diferente para cada día de la semana basada en las oraciones de las Misas Votivas en el actual Misal Romano.

Lunes – Santísima Trinidad



Dios Padre, que has enviado al mundo la Palabra de verdad y el Espíritu de santificación para revelar a los hombres tu misterio admirable, concédenos que, al profesar la fe verdadera, reconozcamos la gloria de la eterna Trinidad y adoremos la Unidad de tu majestad omnipotente.

Martes – Los Santos Ángeles



Oh, Dios, que en tu providencia inefable te has dignado enviar a tus santos ángeles para nuestra custodia, concede, a los que te suplicamos, ser defendidos siempre por su protección y gozar eternamente de su compañía.


Oh, Señor, bajo la fiel protección de tus Ángeles, haz que avancemos con valentía a lo largo del camino de la salvación.

Miércoles – San José



O Dios, que con inefable providencia elegiste a san José como esposo de la Madre de tu Hijo, concédenos la gracia de tener como intercesor en el cielo al que veneramos como protector en la tierra.
Renovados con este sacramento de vida, te suplicamos, Señor, que, por el ejemplo y la intercesión de san José, tu servidor fiel y obediente, vivamos siempre consagrados a ti en justicia y santidad.


Jueves – La Santísima Eucaristía



O Dios, que en este sacramento admirable nos dejaste el memorial de tu pasión, te pedimos nos concedas venerar de tal modo los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre, que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención.
Concede, Señor, a tu Iglesia, el don de la paz y la unidad, significado en las ofrendas sacramentales que te presentamos.

Viernes – El Sagrado Corazón de Jesús



Dios todopoderoso, al celebrar la solemnidad del Corazón de tu Hijo unigénito, recordamos los beneficios de su amor para con nosotros; concédenos recibir de esta fuente divina una inagotable abundancia de gracia.


Mira, Señor, el amor del Corazón de tu Hijo, para que los dones que te ofrecemos sean agradables a tus ojos y sirvan para el perdón de nuestras culpas.

Sábados – Santa María Madre de la Iglesia



Dios misericordioso, que quisiste que tu Hijo unigénito proclamara desde la cruz como Madre nuestra a su propia Madre, haz que tu Iglesia, por la intercesión maternal de santa María, crezca cada día en santidad y atraiga a su seno a todas las naciones.


Convierte, Señor, en el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo, estos dones que te presentamos, y haz que este memorial de nuestra redención, nos inflame en el amor que te profesó santa María, Madre de la Iglesia, y nos asocie íntimamente, como ella, en la obra de la salvación de la humanidad.

7 razones para perderle el miedo a la confesión

Todos alguna vez hemos sentido miedo a la confesión. No sabemos qué va a suceder, nos enfrentamos a una situación nueva. “Es que me da vergüenza…”, “¡quizá qué cosa va a pensar el padre de mí!”, “ha pasado tanto tiempo, no sé si Dios me acepte…”, “no soy capaz de contar mis pecados…”. Éstas son frases que uno escucha a menudo. Todas tienen un matiz de temor, dolor, vergüenza y conciencia de las propias faltas. Eso es un buen comienzo. Se puede decir que el miedo a la confesión es algo normal, ya que uno debe enfrentarse a sus propias faltas en un auto examen que no suele ser muy agradable. Ponerse frente a los propios pecados cuesta, pero es gratificante saber que Dios siempre nos espera con los brazos abiertos y quiere reconciliarse con nosotros. La confesión (o reconciliación con Dios) es un sacramento necesario para avanzar en la vida espiritual y cristiana, ya que nos da la gracia que nos sostiene en la prueba y nos anima a continuar por el camino del bien.

Entonces, ¡no hay nada que temer! ¡Piérdele el miedo a la confesión! Porque la confesión…

1. Es conciencia de mi fragilidad


Una actitud que busca reparar el daño causado por nuestras faltas. Es conciencia de mi fragilidad, de mi pecado, de mis fallos. Me lleva a acercarme con humildad al Padre y pedirle perdón. Arrepentirse de los pecados cometidos toca directamente el corazón del hombre. Dios quiere sanarlo y lavarlo a través del sacramento de la confesión. Pero dejar entrar a Dios en nuestro interior significa abrir la puerta del corazón y la llave para ello es el arrepentimiento. Así es como Dios entra, mira todo lo que tenemos, ordena el desorden, sana las heridas, limpia la suciedad, reconforta el ánimo y nos devuelve la paz. Dios es quien renueva nuestra imagen y semejanza de Él. Es un acto de humildad y sinceridad. Es el primer paso para el perdón y la reconciliación. A éste se llega por un examen personal de los propios fallos cometidos, una reflexión íntima de nuestro interior de cara al Bien. Este arrepentimiento es necesario para la eficacia del sacramento, ya que no se puede perdonar a alguien que no está dolido o compungido de sus faltas.

«Yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado… Pero tú amas al de corazón sincero… El sacrificio que Dios quiere es un espíritu arrepentido: un corazón arrepentido y humillado tú, oh Dios, no lo desprecias» (Salmo 51 (50), 5.8.19).

2. Es perdón por amor






Dios nos ama tanto que no se puede pensar en un amor más grande. Dios no tiene amor por nosotros. Dios es Amor, por eso se da a sí mismo cuando ama.Este amor de Padre se ve manifestado en sus obras, ya que nos crea, nos acoge y nos redime. Siempre que caemos está Él allí para ayudarnos a ponernos de pie. Cuando nos arrepentimos con sinceridad y humilde corazón Él nos recibe con los brazos abiertos, es más, espera día y noche a que volvamos a su casa. El mejor ejemplo de este amor que se hace perdón está en la parábola del hijo pródigo, quien luego de abandonar su casa, gastarse toda la herencia que le corresponde y pasar por mil peripecias, vuelve a la casa del Padre quien le abraza, le besa y le recibe con una fiesta. Este perdón se manifiesta en la confesión. Quien logra profundizar en esto, no puede sino acudir gozoso a la confesión. «La mirada de Dios no es como la del hombre: el hombre ve las apariencias, pero el Señor ve el corazón» (1 Samuel 16,7). Así que no tengas miedo de Dios, al contrario, vive en su Amor que te llama constantemente a su lado.

«El hijo empezó a decirle: “Padre, pequé contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Pero el padre dijo a sus criados: “Traigan en seguida el mejor vestido y pónganselo; pónganle también un anillo en la mano y sandalias en los pies. Tomen el ternero gordo, mátenlo y celebremos un banquete de fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado”» (Lucas 15, 21-24).

3. Es reconciliación con nuestro Padre




Las parejas saben muy bien de esto. Es inevitable que no haya discusiones en la vida familiar, que uno se equivoque y se canse de vez en cuando. Pero lo mejor de la discusión y las peleas es la reconciliación. Volver a conciliar (re-conciliar), volver a unirse, renovar la concordia de corazones. Si es hermoso reconciliarse con los hermanos, con los padres, con los amigos… ¡cuánto más hermoso será reconciliarse con nuestro Padre del Cielo! A veces nos parece lejano, como si viviera físicamente en las estrellas o las nubes, pero no es así. Él está más cerca que cualquiera de nosotros, está en la Eucaristía, se ha hecho carne para vernos, para tocarnos, para visitarnos, para hablar con nosotros, para decirnos que nos ama. ¡Qué gran alegría siente el corazón cuando nos acercamos a esta verdad!

«Dios…, reconciliados ya, nos salvará para hacernos partícipes de su vida. Y no sólo esto, sino que nos sentimos también orgullosos de un Dios que ya desde ahora nos ha concedido la reconciliación por medio de nuestro Señor Jesucristo» (Romanos 5, 10-11)

4. Es salud del alma




Vamos al médico cuando tenemos dolores, enfermedades, cuando necesitamos la cura y sanación del cuerpo. De la misma forma acudimos a Dios para sanar nuestros dolores y enfermedades, para buscar la cura del alma. El hombre está constituido de cuerpo y alma, si sanamos el cuerpo, también debemos sanar el alma. Es un estado completo de salud. Tal vez por eso le decimos a los sacerdotes “curas”, porque son los instituidos por Dios para acercar la sanación al alma de sus hijos. Un cuerpo sano y un alma sana te darán paz y alegría constantes. Pudiendo alejar los dolores y las enfermedades, ¿qué hacemos que aún no nos confesamos? A veces el miedo a la inyección es más fuerte que el deseo de sanar, pero debemos superarlo.El miedo a la confesión puede ser también más fuerte que el deseo de reconciliación, pero debemos enfrentarlo. Lo mejor de todo es que contamos con la ayuda del Espíritu Santo que nos empuja a acercarnos al confesionario y a dejarnos recibir la medicina. ¡Acércate al médico del alma para sanar tu interior!

«No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. Entiendan bien qué significa: misericordia quiero y no sacrificios; porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores» (Mateo 9,12).



5. Es revestirse del “hombre nuevo”






Esto es, cambiar de vida, decidirse a ser diferente, a poner la mirada en las cosas del Cielo. Es signo de conversión. Es renovarse completamente, ser un “yo” mejorado. El hombre nuevo se deja guiar por el Espíritu de Dios, goza en espíritu y en verdad. El hombre nuevo no es esclavo de las pasiones y del pecado como lo es el hombre viejo, al contrario, es un hombre libre que vive su vida con tranquilidad y regocijo en el Señor. Pienso que todo cristiano quisiera llevar a plenitud su vida, ya sea en la oración, en los sacramentos, en la vida cotidiana, en el trabajo. Que todos los aspectos de vida estén unidos y sean dirigidos por el Espíritu Santo, esto es revestirse del hombre nuevo. El hombre nuevo por excelencia es Jesucristo, por eso en la vida espiritual se habla de imitar a Cristo, quien «se desojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo y se hizo semejante a los hombres» (Filipenses 2,7) en todo, menos en el pecado.

«Despójense del hombre viejo y de sus acciones, y revístanse del hombre nuevo que, en busca de un conocimiento cada vez más profundo, se va renovando a imagen de su Creador… Como elegidos de Dios, pueblo suyo y amados por él, revístanse de sentimientos de compasión, de bondad, de humildad, de mansedumbre y de paciencia» (Colosenses 3, 9-10.12).

6. Es fiesta en el Cielo





Sabemos que no estamos solos, antes bien, formamos parte de la comunión de los santos. La iglesia de la tierra (nosotros) somos la Iglesia Peregrina, la de las almas purgantes (purgatorio) es la Iglesia Purgante y quienes ya gozan de la visión beatífica (los santos) son la Iglesia Triunfante. Así, constituimos todos un mismo cuerpo y un mismo espíritu. Por ello, cuando un pecador se convierte, en el Cielo se celebra una Fiesta. Si el gozo aquí en la tierra es grande, ¡imagínense cómo se celebra en el Cielo! Allí están los Ángeles, los Arcángeles, los Tronos, las Potestades, las Dominaciones y todas las demás órdenes celebrando la conversión de un pecador, aquel que deja su antigua vida y se anima a seguir a Cristo como un hombre nuevo. No es un cuento de hadas, es real.

«Cuando encuentra [a la oveja], la carga sobre sus hombros lleno de alegría, y al llegar a casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: “¡Alégrense conmigo, porque he encontrado la oveja que se me había perdido!”. Pues les aseguro que también en el cielo habrá más alegría por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse» (Lucas 15, 5-7).

7. Es fuerza para la batalla



“La gracia es el favor, el auxilio gratuito que Dios nos da para responder a su llamada: llegar a ser hijos de Dios” (CEC). Luego de la confesión aumenta esta gracia en nosotros, es Dios mismo quien viene en nuestro auxilio y nos ayuda. Esta gracia será la fuerza en el combate diario. Si vives lleno de tentaciones, si las ocasiones de pecado son muchas que te llevan a caer, si no eres capaz de controlar tus impulsos pasionales… entonces, debes saber que la gracia recibida de Dios es fuerza en la lucha contra el mal. Y si esta gracia se acrecienta al recibir debidamente los sacramentos, ¡esta es tu oportunidad! El pecado debilita tu voluntad, te hace volátil, flexible, te dispone a caer de nuevo… la gracia será siempre ese don, ese favor, ese auxilio que te da Dios para vencer la prueba y salir victorioso. Ya sabes, aprovecha la gracia de Dios y combate el mal a fuerza de bien.

«Pero tú, hombre de Dios, evita todo esto (enriquecerse con trampas, amor al dinero y codicia), practica la justicia, la religión, la fe, el amor, la paciencia y la bondad. Mantente firme en el noble combate de la fe, conquista la vida eterna para la cual has sido llamado y de la cual has hecho solemne profesión ante muchos testigos» (1 Timoteo 6, 11-12).

Ya puedes perder el miedo a la confesión. Estas 7 razones te ayudarán a conocer más los sacramentos que Dios ha instituido para el bien de sus hijos, a quienes ama inmensamente. La confesión, bien entendida, deja de ser un lugar de miedo para transformarse en un acto de amor, de misericordia, de perdón y de reconciliación. Este es el verdadero sentido del perdón de los pecados: volver la mirada a Dios nuevamente, limpiarnos de toda mancha, tomar fuerzas para continuar nuestra lucha y no desanimarse si se vuelve a fallar. No podemos dejar que el tiempo pase y nuestras faltas se vayan “pudriendo”. Apenas tengas conciencia de tu pecado y te arrepientas de ello, no dudes en acudir a la Iglesia en busca de esta medicina de Dios, de este sacramento. Ah, ¡y no te olvides de confesar todos tus pecados!

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Fuente: Catholic-link

6 lecciones espirituales que me dejó el libro de Job


Si no has leído este libro, te has perdido gran parte de la lógica espiritual judía sobre el dolor y el sufrimiento. No voy narrar por completo la historia, pero en resumen a Job le tocó pasar tremendas calamidades, perdió sus bienes, sus servidores, a toda su familia e incluso sufrió de una herida que le llegaba desde la planta de los pies hasta la cabeza. La explicación que el libro da a todo lo que le ocurre a Job, es que el “enemigo” lo tienta por medio de la prueba y el sufrimiento para hacer que reniegue y maldiga a Dios.

El relato explica que él intentó buscar respuestas, todas ellas sin renegar ni maldecir a Dios, pues Job sabe que Dios es bueno. Entre su pena, desolación, confusión y enojo disparaba para todos lados sin dar en alguna consolación, con alguna idea lógica que le llenara el corazón. Incluso un par de amigos acudieron a él para consolarlo, pero no hubo nada que ellos pudieran decir que calmara su pesar y que pudiera explicar todo lo que le estaba ocurriendo. Es tanta la confusión que producen muchas de las cosas que experimentó en su vida, que hasta sus amigos quedaron confundidos. Dice la palabra:




«Al divisarlo de lejos, no lo reconocieron. Entonces se pusieron a llorar a gritos, rasgaron sus mantos y arrojaron polvo sobre sus cabezas. Después permanecieron sentados en el suelo junto a él siete días y siete noches sin decir una sola palabra, porque veían que su dolor era muy grande» (Job 2, 12-13).

Me imagino que te ha pasado que el sufrimiento inexplicablemente golpea la puerta de tu vida, dejando incluso sin palabras a los que están cerca tuyo. Nadie, ni los amigos, ni tú, ni tu fe logran conjugar alguna explicación a lo ocurrido, y la desesperanza y angustia comienzan a brotar en medio del corazón. Frente a situaciones así tiemblan los cimientos de la fe, de la vida, de lo que creemos y lo que hacemos.

La historia es desconcertante en sus primeros capítulos, sobre todo porque aparentemente, y en justicia, Job no merecía nada de lo que le estaba pasando; muy por el contrario, lo que Job realmente merecía es la bendición y prosperidad que vienen de la mano de Dios. En lo personal, muchas veces me he sentido interpelado por la historia del sufrido Job, sobre todo en esas ocasiones en que he dado todo de mí, he perseverado en mi trabajo, en mi fe, en el amor a los demás, en el servicio, y he mantenido mi corazón limpio y recto; y aun así, las cosas han salido pésimo: he experimentado el dolor, el quiebre, la soledad, la pobreza, el sufrimiento. Seguro que tú también te has sentido así y no hay mucho con qué consolarse.

Sé que no he sufrido tanto como muchas otras personas, pero el estudio del libro de Job en los momentos dolorosos y difíciles de mi vida me ha ayudado a sacar algunas ideas que podrían servirte, o mejor aún, ayudarte a acompañar a otros en medio de la tribulación y sostenerlos en la esperanza.

1. Mirar a Job desde una nueva perspectiva, la de Jesús


En lo personal, me gustaba mirar el libro de Job y validar el sentir lástima de mí mismo y quedarme sentado entre las cenizas sin hacer nada más que sufrir. Quedarme ahí, sufriendo, mirando mis heridas, sintiendo dolor y esperando a que mágicamente todo pase o, peor aún, pasar así hasta el final de mis días. Esa depresión cristiana abnegada y resignada que muchos creemos que es santa por el solo hecho de aceptarla sin alegar. Se nos olvida que Job es un libro de la antigua alianza, que Jesús vino a hacer nuevas todas las cosas, que nos vino a dar vida en abundancia, que por sus méritos somos salvados y que su amor nos devuelve la amistad con Dios. Se nos olvida que toda batalla, prueba, tribulación y sufrimiento fueron clavados en la Cruz y desterrados de nuestra vida para siempre.

Muchas veces vivimos como si Jesús no nos hubiera salvadodefinitivamente, o peor aún, que su salvación es solo una cosa que ocurrirá al final de nuestros días o que afecta solo a la dimensión espiritual de nuestras vidas. Job no tenía un Jesús a quien mirar. Nosotros sí. Que nunca se nos olvide que todos nuestros sufrimientos fueron sufridos por Jesús en la cruz del Calvario y con su sangre pagó para que nosotros seamos salvados. Eso no quita que en la vida vayamos a experimentar dolores y sufrimientos, pero no son definitivos. Nuestra vida no termina ahí, todas nuestras peleas son peleas ganadas de la mano de Jesús. Que ningún dolor se robe tu esperanza.

2. Dios no prueba a nadie



El relato de Job es del Antiguo Testamento, ten eso en mente cuando lo leas. Porque la dinámica usada por los judíos que todavía no conocían a Jesús para explicar la forma de actuar de Dios es diferente a lo que el Nuevo Testamento nos muesta. El texto dice que un día Satanás se presentó ante Dios para hablarle de Job, asegurando que si lo tentaba este iba a blasfemar contra Él. Dios lo permite para fortalecer la fe de Job. Es importante leer esta historia desde una perspectiva espiritual. Dios no juega a las apuestas, no experimenta con nosotros como un niño jugando con hormigas.

Como dice el apóstol Santiago: «Ninguno, cuando sea probado, diga: “Es Dios quien me prueba”; porque Dios ni es probado por el mal ni prueba a nadie» (Santiago 1, 13), pues en efecto, Dios lo último que quiere es medir cuán fuertes somos para ver si valemos o no la pena. Eso sería despreciar el sacrificio de Jesús. Si creemos que lo que nos ocurre Dios lo quiere, entonces cabe pensar que dentro de las posibilidades está que Dios quiere que reprobemos, que no pasemos, que no seamos capaces. ¿Tú crees que Dios querría algo así? ¡Pues no! Dios permite sí que pasen cosas en nuestra vida, para mostrarnos cosas mejores.

3. Dios no existe en función de mí



Aquí puede haber una idea que nos puede confundir, de hecho muchos a lo largo de la historia se han confundido, pues han tenido la impresión de que Dios está para ayudarlos a autorrealizarse y pretenden utilizarlo para ello. Eso es poner la naturaleza de la creación al revés y lamentablemente está destinado al fracaso. Me he visto a mi mismo elaborando complicados y detallados planes para luego presentarlos a Dios y que los bendiga sin cambiar en nada aquello que tan inteligentemente preparé. Distinto es cuando junto a él, me tomo el tiempo de discernir cuales son sus planes y yo realizarlos, para que de esta forma su bendición me acompañe.

Somos nosotros los que ayudamos en el “gran plan” de Dios y nuestra participación y el descubrimiento de nuestro propósito ayuda en la realización de su voluntad, no al revés. Fuimos hechos para Dios y no viceversa.

Dice el Catecismo en el nº 27: «El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar»

4. No todo tiene explicación, mas todo tiene un propósito



“Nunca Dios permitiría un mal si no fuera lo suficientemente poderoso para sacar de ese mal un bien mayor” (San Agustín)

Hay dos preguntas que podemos hacer de cara a una situación que quiebre nuestras vidas ¿por qué? o ¿para qué? Suena a psicología pop, a vacío, sobre todo frente sufrimientos terribles como la muerte o una enfermedad grave. Por eso este tipo de preguntas se hacen ya con el corazón tranquilo. Primero hay que procesar todo con calma. Descubrir los propósitos de Dios no es un asunto de un par de minutos rezando y listo. Dios sabe eso y espera a que te acerques a hacer las preguntas necesarias, que cuestiones, que dudes, pero que finalmente aceptes, aun sin comprender mucho. Su voluntad, aunque indescifrable tantas veces, es maravillosa para nuestras vidas, y que cada cosa que nos ocurre, aunque nos cuesta entenderla, tiene sentido dentro de su plan.

«Por eso, ustedes se regocijan a pesar de las diversas pruebas que deben sufrir momentáneamente, así la fe de ustedes puesta a prueba, será muchas más valiosa que el oro perecedero purificado por el fuego y se convertirá en motivo de alabanza, de gloria y de honor el día de la Revelación de Jesucristo» (1Pedro, 6-7).

Obviamente no le interesa tu sufrimiento, no se ha ensañado contigo, con tu vida o con tu historia. ¡Dios quiere lo mejor para ti! Esa es una verdad de la que no puedes dudar ni un segundo. Lo que ocurre, es que Dios sabe que muchas veces para poder hacer eso que tiene en mente, tienes que pasar por un desierto.

«La tribulación es un regalo de Dios, uno especial que da a sus amigos especiales» (Santo Tomás).

5. No anestesiar el dolor



Es parte de nuestra cultura moderna, nos anestesiamos.Nos incomoda ver gente sufrir, la invisibilizamos, la tapamos, los marginamos. Y nosotros mismos escondemos nuestros dolores con la justificación de que “la procesión se lleva por dentro”.

Job se sienta en el suelo, rapa su cabeza y se pone ceniza en señal de que no entiende nada, de que pareciera que su duelo no tiene sentido. Se sienta a sufrir, a dolerse de sí mismo. Nosotros en cambio, intentamos pasar rápidamente de nuestros dolores y si después de 3 ó 6 meses de duelo, alguien sigue triste les decimos a los demás «anda, ya es tiempo de superarlo»,«tienes que ser fuerte, sigue adelante». Cada uno tiene su tiempo y hay que respetarlo.

Abrazar al que llora y llorar con él en lugar de hacerlo callar, que empape nuestros hombros con sus lágrimas en vez de ofrecer un pañuelo. Dolerse con el que sufre, angustiarse con el vulnerado, llenarse la cara y el corazón de la pasión del otro, eso se sentir compasión, que las entrañas propias se retuerzan, no por mero masoquismo, no como penitencia, sino como ejercicio de comunión, como cuerpo de la Iglesia. Si hasta cuando te pegas en el dedo pequeño del pie todo el cuerpo se retuerce, todo el cuerpo sufre el dolor de un solo dedo. Así debe ser nuestra forma de acompañar.

Job nos enseña a sufrir con dignidad, a vivir el dolor dejándose acompañar, a no esconder los sufrimientos, a pedir ayuda y frustrarse cuando no se encuentran respuestas, pero aceptando que perder, que enfermarse, que morir, que no tener explicaciones, es terrible y hay que vivirlo, no taparlo ni esconderlo.

6. Confiar en ser restaurados


La primera vez que leí el libro de Job de corrido, fue cuando falleció mi hermana menor, una pequeña de tres meses de edad con un diagnóstico de alteración genética intratable.

Perdona el spoiler por si no has leído el libro, pero la historia termina en que Dios restaura la vida de Job, viendo que luego de sufrir y aceptar ese sufrimiento, nunca reniega ni maldice. Job forma una nueva familia, mucho más fecunda que la primera, es prosperado económicamente más que antes y su fama como hombre bendecido se extiende por todas partes. Es decir, la idea que el autor bíblico quiere expresar es que si vives tu sufrimiento como corresponde y sin revelarte a Dios, Él mismo te bendecirá y devolverá incluso más de lo que tenías antes. Si y no. Es decir, esto no es un trueque espiritual en donde Dios te devuelve más de lo que te había quitado. En la economía espiritual de los cristianos no existe la “meritocracia”; todos los méritos son de Jesús e incluso aun cuando hacemos las cosas bien, no merecemos nada de Dios y Él nos da todo por amor, no porque seamos buenos o malos. No obstante eso, Dios nos conforta, nos da consuelo, nos acompaña tal como los Ángeles acompañaron a Jesús en medio de su prueba en el Getsemaní.

Por lo tanto, es de esperar que Dios se manifieste, te bendiga, obre a favor tuyo, pero no esperes que sea una manifestación “cuantitativamente superior” comparada con la situación en la que te encontrabas previamente.

Como anécdota, me acuerdo en unos ejercicios espirituales en donde llegué con el corazón seco, sin ganas de nada. Quien me acompañaba espiritualmente me envió a sentarme frente al Santísimo, me dijo que incluso si quería dormir que lo hiciera, pero que pasara tiempo ahí, “asoleándome con su luz”. No tengo idea que pasó, pero salí de ahí bronceado, mi corazón robustecido, aunque no obtuve ninguna explicación que yo pueda conjugar con palabras, si encontré respuestas, sentido, esperanza solamente estando ahí, frente a Él.

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Fuente: Catholic-link





El valor simbólico, ecológico y cristiano de tener una plantita y cuidarla

Mi mamá disfruta tanto de la jardinería… puede pasarse horas de horas observando sus plantas, podándolas, sembrando nuevas, descubriendo otras… en fin. Un jardín de flores es de lejos su lugar favorito en el mundo entero. Debe tener una habilidad especial para ello, lo que planta florece. Siendo su hija, a mí hasta un cactus se me ha muerto.

Observo a mi madre mientras escoge semillas de frutas, siempre diciendo que el mundo sería distinto si cada uno sembrara para producir los alimentos que necesita. Recoge las semillas y las hace secar –tiene una paciencia infinita para ver cómo pasan los días y no las toca hasta que ve que están en el punto preciso–, luego escoge la tierra, despedaza los trozos apelmazados y la mezcla con algo que “la mejora”, escoge el lugar o el recipiente en que las plantará y cuidadosamente agrega una parte de esta tierra preparada, luego las semillas, las cubre con todo cuidado con más tierra. Les echa agua y espera, espera y sigue esperando por días. Por fin una pequeña hoja verde asoma tímidamente desde la tierra y mi madre sonríe y riega. Ella sabe qué días regar y qué días no, y si la planta necesita del sol o de la sombra. No es algo así de sencillo y rápido, requiere de paciencia y cuidado.

La imagen del sembrador viene a mi mente. Sonrío al relacionar a mi madre con esta imagen, y es que en la pedagogía de Dios las madres tienen un lugar especial, ¿no? Y pensando en Él y su pedagogía es que me he animado a presentarles este post que pretende mostrar el valor simbólico, cristiano y hasta ecológico de tener una plantita y cuidarla.

1. La preparación del terreno


Ciertamente la preparación del terreno inicia con el mismo Creador desde que nos pensó y a su imagen y semejanza nos hizo. Al inicio somos tierra fértil pensados para dar mucho fruto. Desafortunadamente, por la herida del pecado original y nuestra propia libertad, durante el transcurso de nuestra vida ese terreno puede verse endurecido. En una vida donde el amor se ha perdido de vista y la rutina ha ganado alguna batalla, la costra de indiferencia, de insensibilidad y de amor propio desmedido se va haciendo más gruesa. Romper esa costra inevitablemente cuesta trabajo, esfuerzo, sufrimiento y dolor. Pero es necesario romperla para ablandar la tierra y hacerla nuevamente fértil. Ciertamente este trabajo cuesta, así como el arado de un campo.

2. La siembra


Pareciera que el trabajo hubiese terminado con la preparación de la tierra, como cuando el sembrador acaba con el arado de la parcela y se prepara para descansar tomando un vaso de refrescante agua, pero él sabe que aún falta. La tierra está lista, pero ahora necesita de la semilla. La semilla cae cuidadosamente de la mano del sembrador. Esta es la parte en la que la gracia obra. Nosotros somos ese terreno pero será el sembrador el que escoja esa semilla destinada a dar fruto… y en abundancia.

3. La espera


Personalmente esta es la etapa que considero más difícil. La espera. Ese momento en que parece que todo el esfuerzo dado no valió la pena, en el que pasan las horas y los días y nada parece suceder. Y entran unas ganas terribles de echar todo el trabajo realizado por la borda, de abandonar, y de hecho lo hacemos. No pocas veces la impaciencia y la frustración nos ganan y abandonamos todo. El terreno se vuelve a secar, la costra se hace gruesa y la semilla muere.

4. El cuidado paciente


La clave para no abandonar en la espera es cuidar, hacer algo mientras se espera. La espera inactiva lleva a la frustración, pero si ponemos manos a la obra y cuidamos del fruto que aún no vemos, si regamos, la ponemos al sol cuando lo necesita y la cubrimos de la lluvia; pronto veremos que algo sucede. Los sacramentos, la oración, nuestras propias elecciones en lo cotidiano son ese cuidado que nuestra semilla requiere. No nos quedemos sentados mirando sin hacer nada, esperemos activamente, cooperando con el Sembrador.

5. Las épocas difíciles y las malas hierbas


Aunque la tierra sea fértil y los cuidados abundantes, no estamos libres de la tentación. No estamos libres de que la plantita crezca sin las inclemencias del tiempo o sin que las malas hierbas crezcan. Ya nos contaba Jesús en la parábola del trigo y la cizaña que ambos crecen juntos. Debe haber también esfuerzo por retirarlas y esforzarnos porque nuestra plantita viva, a pesar de ellas, y dé fruto. Es en estos tiempos difíciles, la búsqueda de consejo y de formación es necesaria. Consultar cómo podemos cuidar mejor nuestra plantación y de qué manera ir retirando la cizaña sin que el trigo muera…

6. Los frutos


Finalmente la planta crece y casi sin que nos demos cuenta el fruto aparece. Los frutos a veces no son tan evidentes como la manzana que vemos en el árbol o la margarita que revienta del botón. A veces nuestros frutos se evidencian en los demás, en el servicio que prestamos, en lo mucho que amamos y nos entregamos. Y ese fruto puede pasar por invisible a los ojos de los demás e incluso a los nuestros.

7. La nueva siembra


Pareciera que con el fruto la labor hubiera culminado, pero increíblemente el fruto es una gracia, un don recibido de Dios. Ese fruto no puede quedar en el árbol, pues caería a tierra y de pronto terminaría pudriéndose. Es necesario salir, esparcirlo por el mundo y hacerlo florecer nuevamente. Y así la tarea vuelve a empezar: volvemos a buscar y preparar el terreno, sembramos y esperamos por el fruto que llevaremos a todos los que podamos y Dios nos permita alcanzar.

Si no has sembrado nunca una planta, o la próxima vez que siembres una, recuerda este ejercicio como tu vida misma, una vida que incluso tiene un sentido ecológico como el producir nosotros mismos esos frutos que los demás necesitan como alimento y para dar oxígeno al mundo. Pensemos que somos tierra, brotes, frutos y sembradores a la vez que –a imagen del gran Sembrador– llevamos alimento y oxígeno para que otros puedan seguir viviendo.

«Depende de nosotros convertirnos en terreno bueno sin espinas ni piedras, pero formado y cultivado con cuidado, para que pueda dar buenos frutos para nosotros y para nuestros hermanos» (Papa Francisco).


Fuente: catholic-link.com

¿Cómo hacer un examen de conciencia? Guía visual, paso por paso

Erróneamente creemos que el examen de conciencia se trata de ponernos en el “banquillo de los acusados” y simplemente recordar todo lo que hacemos mal durante el día. Otras tantas también pensamos que el examen de conciencia se trata de recordar todo y categorizarlo para bien o para mal. El error que aquí cometemos es ponernos a nosotros mismos en el centro de la historia, cuando el centro del examen de conciencia es Dios y nuestra relación con Él. Para hacer nuestro examen de conciencia debemos centrarnos en su infinito amor y en su misericordia como Padre amoroso que es.

Para ayudarte un poco en esta tarea te dejamos una serie de pasos que te ayudarán a realizar un buen examen de conciencia, ese examen que como resultado debe dar que tu relación con Dios se haga cada vez más estrecha.

1. Abre tu corazón a la presencia de Dios



Busca un lugar tranquilo, puede ser una esquina en tu cuarto o una capilla cercana. Frente a una imagen sagrada, prende una vela. Tómate unos minutos para respirar y relajarte y empieza por hacer la señal de la Cruz. Cada cierto tiempo, cuando un niño juega, voltea a mirar si su mamá o su papá están observándolo. De reojo este niño encuentra seguridad, aliento y alegría. Este primer momento de nuestro examen de conciencia nos pone en presencia de Dios para redescubrir el amor que tiene por nosotros, por cada uno. Leer un breve pasaje de las Escrituras puede ayudar también.

2. Deja que Dios te enseñe su álbum de fotos





¿Alguna vez te has sentado al lado de tu abuelo mientras él abre su álbum de fotos? ¿Recuerdas el calor, la ternura, el afecto y la intimidad compartida? Ahora es tiempo de que le dejes a Dios hacer lo mismo. Antes de revisar nuestro día, la idea es recordar quiénes somos a los ojos de Dios: sus hijos amados. Trata de recordar algunos pasajes de las Escrituras (el álbum de fotos de Dios). Deja que Él te diga cómo rescató a Israel, cómo sacó a José de aprietos, cómo perdonó a David. Mira la paciencia y la fe que Dios le demostró a su pueblo, Israel. Recuerda las tantas veces en que la fragilidad humana parecía tener la última palabra, hasta que Dios encontraba la forma de demostrar que Él es el Señor de la historia, el Señor de nuestra historia también. Recuerda a todas esas personas que Jesús amó, todos los corazones que tocó, y todas las heridas que sanó. Piensa en cómo les habrá hablado y recuerda que Él piensa en ti de la misma forma en que lo hacía con ellos.

3. Cuéntale tu día a Jesús




Con todo esto en mente, revisa tu día, pero hazlo en diálogo con Jesús. Mira los puntos centrales, los más importantes: qué te golpeó, qué fue lo hermoso, qué fue lo difícil, qué no te quedó claro, etc. No hay necesidad de ser rígido aquí, dale a tu memoria un poco de tiempo y espacio y permite que las cosas vayan saliendo. Una vez que hayas terminado, haz una pausa y quédate en silencio. Aquí, escucha atentamente con tu corazón. Recuerda que este es un diálogo, no un monólogo. Antes de entrar en detalle, trata de meditar qué crees que el Señor te está diciendo o a dónde crees que te está dirigiendo con las experiencias que has tenido este día, con tus actitudes, con los encuentros que has tenido, con tus pensamientos, con las pruebas que has pasado, con tus victorias, etc. Señor, ¿quién me llamas a ser? Señor, ¿a quién ves cuando me ves? Señor, ¿qué estás obrando con mi vida? ¿Dónde estás? Señor, ¿de qué manera me estoy acercando a Ti? ¿De qué manera me estoy alejando de Ti? ¿Estoy poniendo a otros como centro de mi vida? ¿Estoy cooperando contigo? ¿Estoy percibiendo y escuchando tu voz?

4. Admite tus fallas






Agradécele a Dios profundamente por la manera en que Él está obrando en tu vida, porque nunca se dado por vencido contigo, ni te ha abandonado. Haciendo esto, es natural reconocer que han habido momentos en los que no has sido un buen hijo o hija. Has tropezado en el camino, has negado tu propia identidad. Has rechazado la mirada de Dios y de otros y has impuesto la tuya. Aquí es importante tratar de reconocer ambas cosas: lo que hiciste y las posibles causas de por qué lo hiciste. ¿Qué fue lo que te llevó a actuar de esa manera? ¿Cómo puedes evitarlo o mejorar la próxima vez? Esta parte puede ser difícil, pero confía en que la fidelidad y la misericordia de Dios están presentes. Cuando reconoces tus faltas, no te quedes escondido detrás del arbusto (como Adán y Eva). Admite que fuiste tú quién lo hizo y que eres responsable por tus actos. Sin responsabilidad no puede haber reconciliación.

Algunas veces podemos ser excelentes justificando o suavizando nuestros pecados. Jesús es misericordioso y nos ama infinitamente, pero también es justo. Repasar una lista de pecados puede darnos, algunas veces, una visión más objetiva. En Internet puedes encontrar mil recursos que pueden ayudarte con esto:

Aciprensa: Examen de Conciencia.
Laudate: Ofrece un recurso para un buen examen de conciencia y confesión.

5. Renueva tu bautismo: de la muerte a la vida





Muchas veces luego de recordar nuestras faltas o pecados, la tentación consiste en pensar: «bueno, ¿y ahora cómo arreglo esto?» El pecado algunas veces puede ser arreglado, pero no por nuestras propias fuerzas. El pecado necesita ser perdonado. Más aún, el pecado produce heridas y las heridas necesitan ser tratadas y curadas. Si no se curan pueden llegar a infectarse.

Llegando a este punto de tu examen de conciencia, es momento de sumergirte en las aguas del río Jordán. Somos bautizados una sola vez, pero frecuentemente olvidamos renovar la conciencia de nuestro bautismo. Muy a menudo olvidamos que «el bautismo es el primero y principal sacramento para el perdón de los pecados: nos une a Cristo muerto y resucitado y nos da el Espíritu Santo» (CIC 985). Pon entonces tus pecados en el altar y permite que el Espíritu Santo transforme esas realidades de muerte en realidades de vida. El auténtico arrepentimiento permite que el Espíritu Santo pueda actuar, y la desobediencia a Dios se convierte en obediencia. Algo nuevo, algo bueno, algo bello ha nacido: el espíritu del Hijo está echando raíces en tu corazón.

Ten en mente que este acto de arrepentimiento diario debe ir de la mano con una confesión mensual. Este es el llamado «tipo de bautismo más laborioso» por los Padres de la Iglesia. El sacramento de la penitencia es necesario para la salvación de aquellos que han fallado luego del bautismo. Si tomas conciencia y te das cuenta de que has cometido un pecado mortal, entonces debes buscar confesarte lo más rápido posible (y abstenerte de recibir la comunión). Si no estás tan seguro o no conoces la diferencia entre un pecado mortal y uno venial, consulta el Catecismo de la Iglesia católica.

6. Diseñen un plan de acción




En el deporte, un buen entrenador siempre buscará un momento para ver qué pasó en el partido anterior con todo el equipo. Podemos seguir el mismo esquema en la vida espiritual. Luego de revisar todo tu día, tómate un momento para ver cómo puedes mejorar el día de mañana. No hay que ser ingenuos, en un día no vas a lograr pasar del campeonato local a la Champions League (perdón por la comparación). Pero si no nos movemos para adelante entonces indefectiblemente nos movemos para atrás. Trata de encontrar una forma simple que te permita crecer en lo que crees que Cristo te está llamando a crecer. Mantén esta idea o reflexión en mente y trata de recordarla a la mañana siguiente cuando despiertes. Puede ser buena idea que la escribas en un papel para que no la olvides (puede ser una frase que pensaste, un pasaje de las Sagradas Escrituras que te conmovió o simplemente una palabra) Nuestro día depende en gran parte de los primeros momentos de la mañana. Fórmate el hábito de poner en práctica lo que tu examen de conciencia te ha revelado, esto definitivamente puede ser muy saludable para nuestra vida cristiana.

7. Dale gracias






Finalmente, recuerda que el examen de conciencia no es una forma escrupulosa de apuntar o magnificar las cosas malas en tu vida y luego sentirse mal por eso. El examen debe ser una experiencia de alegría, de redención. Tómate un momento para alegrarte y dar gracias a Dios por lo vivido. Como el Padre Rupnik dice:

«En él aprendemos un realismo sólido que revela nuestras ilusiones morales, disciplinarias o psicológicas sobre la perfección, porque experimentamos la gracia de una transformación continua a causa de la muerte y resurrección de Cristo. Un examen de conciencia hecho de esta manera nos lleva a lo que Dostoyesvsky apreciaba inmensamente: sentirse libre en una relación con Dios, vivir en libertad como sus hijos. (…) Solo los hijos libres pueden estar presentes y ser testigos del rostro auténtico del Padre».

Muchos de estos pensamientos y algunas frases han sido sacadas del libro escrito por el Padre Rupnik: «El examen de conciencia: Para vivir como redimidos». No pueden dejar de leerlo, se los recomiendo.

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Fuente: catholic-link.com

¿Por qué un evangélico debería ser católico? 6 argumentos históricos y teológicos



El ecumenismo es el movimiento y la actitud por la cual dialogamos con otros cristianos para que, a través de la oración y la comprensión mutua, retornen a la Iglesia Católica. Cristo deseó que fuéramos uno, como uno son Él y el Padre. El error que el pecado introdujo en nuestra existencia ha hecho que, a lo largo de la historia, muchos hermanos se apartaran de la nave de Pedro, en varias ocasiones, por abusos de la propia Iglesia.

En este post hemos querido acercarte algunos argumentos que pueden ser útiles para ofrecer la verdad a nuestros hermanos cristianos e invitarlos a acercarse a la Iglesia Católica.



1. Porque no se puede creer en la Biblia sin creer en la Iglesia



Como sabemos por los Evangelios, Jesús predicó por diversos lugares de Tierra Santa y luego envió a los Apóstoles y discípulos a difundir la Buena Nueva. Todos ellos se sirvieron de la palabra. Según los estudios históricos, el primer Evangelio en ponerse por escrito fue el de san Marcos alrededor del año 70 dC. Entre la muerte y Resurrección de Cristo y la redacción de este texto transcurrieron cerca de cuatro décadas en las cuáles la Iglesia se fue extendiendo y se formaron las primeras comunidades cristianas. Es en estos momentos en que san Pablo enviaba cartas a las diferentes comunidades nacientes. El resto de los Evangelios se escribieron en este orden: san Mateo cerca del 80 dc, san Lucas entre el 80-85 dc y san Juan fue concluido hacia el año 100. La veracidad de estos textos y de los restantes se determinó paulatinamente. Todo esto significa que, desde el momento en que se escribió el primer texto cerca del año 70 hasta que se reconoció la canonicidad final de los 27 libros que componen el Nuevo Testamento, transcurrieron al menos tres siglos.

¿Y cómo se extendió el mensaje de Jesús en todos estos siglos hasta que el Nuevo Testamento quedó conformado? Pues oralmente. ¿Y cómo se determinó que los textos que hoy lo conforman eran fiel expresión de las enseñanzas de Cristo? Por su coincidencia con la tradición oral conservada por la Iglesia Católica.



Ahora bien, si fue en el seno de la Iglesia donde se escribieron y agruparon los diferentes textos del Nuevo Testamento, ¿cómo se puede creer en estos textos sin creer que aquella es la Iglesia fundada y deseada por Cristo, la misma a la cual envió el Espíritu Santo? O más aún, ¿por qué, si se cree en el Evangelio, no creer en la Iglesia en la cual éstos vieron la luz?

2. Porque no creen en los evangelios apócrifos




Del anterior argumento se desprende una segunda realidad. Mientras que la Iglesia analizaba la veracidad de los Evangelios, por las comunidades cristianas circulaban otros textos que posteriormente recibieron el nombre de apócrifos. Este calificativo indicaba que la Iglesia los consideraba falsos, es decir, que no reflejaban fielmente la vida y enseñanzas de Jesús o tenían influencias de filosofías incompatibles con el naciente cristianismo.

A la par que se determinaba la veracidad de los textos que componen el Nuevo Testamento se indicó la falsedad de aquellos otros textos que no representaban las enseñanzas de Jesús. Por lo tanto cabe preguntarse: si se rechaza a la Iglesia Católica como la institución humano-divina instituida por Cristo, ¿por qué creen en la falsedad de aquellos Evangelios que señaló la misma institución de la cual descreen?

3. Porque si se rechaza al catolicismo, no se puede decir cuál de los otros “cristianismos” es el verdadero





Si ignoramos el argumento anterior y decidimos no creer en la Iglesia Católica, cuya profundidad histórica nos remonta a los tiempos de Cristo, nos encontramos con una variedad de confesiones que se reivindican como cristianas pero profesan credos diferentes. Todas afirman ser las que interpretan el auténtico sentido de las enseñanzas de Jesús, pero no puede saberse cuál es la que, en efecto, está en lo cierto no pudiendo ser todas verdaderas.

4. Porque los demás cristianismos han tenido un fundador humano




Si exceptuamos a las comunidades más antiguas como los ortodoxos y los coptos, la historia también nos guía hacia otra evidencia: las demás confesiones que se reivindican como cristianas han tenido un fundador estrictamente humano, alguien que reinterpretó el sentido que creía tenían las verdaderas enseñanzas de Jesús y lo transmitió a un conjunto de fieles.

Martín Lutero, Juan Calvino, Ulrico Zuinglio, John Knox, entre otros, se encuentran respectivamente en los orígenes de cada una de las confesiones que se ramificaron luego de la Reforma. En cambio si seguimos la genealogía de los obispos de Roma en la Iglesia Católica nos remontamos 2000 años atrás hasta llegar a Pedro, primer Papa a quien Cristo nombró como primado.

5. Porque los escándalos en la Iglesia son un fuerte motivo de credibilidad





Muchos hermanos cristianos rechazan a la Iglesia porque creen que, a lo largo de la historia, ha mostrado comportamientos inmorales. Aunque esto puede ser cierto aplicado a ciertas personas en ciertos momentos históricos, el mal (consecuencia del pecado) muestra que la Iglesia está guiada por el Espíritu Santo. ¿Cómo es eso? Sencillo: no existe institución humana que lleve dos mil años de historia y permanezca siendo esencialmente la misma. Sin embargo la Iglesia sí, y aún hay más: una institución que ha atravesado diversas crisis, amenazas y ataques, y se ha sobrepuesto a todos, no puede explicar su existencia por el mero factor humano. Dios está vivo en la Iglesia.

6. Porque la Biblia no dice que solo ella sea la fuente de la Revelación



Este argumento es interesante. Comúnmente nuestros hermanos evangélicos rechazan todo aquello que afirma la Iglesia y no se encuentra explícitamente mencionado en los textos del Nuevo Testamento.

Lo paradójico de esta afirmación es que en ningún lugar de la Biblia se menciona explícitamente que ella misma sea la única fuente de la Revelación. Por lo tanto, estamos en presencia de un argumento que se auto destruye. Si se rechaza todo aquello que no se encuentra detallado en las Sagradas Escrituras, con idéntico criterio debería rechazarse la misma noción de que solo la Biblia es la única fuente de lo revelado por no encontrarse explícitamente mencionado.

Si abandonamos el análisis del texto y ponemos el foco en la historia, descubrimos que este elemento extra-textual de la “Sola Scriptura” fue una invención de la Reforma, un elemento humano.


Fuente: catholic-link.com